Poder y enfermedad

“Desde el poder médico al mercado de las sensaciones, el biopoder se arroga toda competencia sobre lo que tenemos de más íntimo, ya sea nuestro sufrimiento o nuestro deseo. Los expertos y especialistas del biopoder nos definen y describen lo que sentimos verdaderamente, De este modo nos quedamos sin lenguaje (físico o verbal) para nombrar nuestros malestares o expresar lo que queremos. Ya no somos capaces de hablar, sentir o desear por nosotrxs mismxs, Pasamos de sujetxs a pacientes, de cuerpos apasionados a autómatas emocionales. Nos tranformamos en cosas…”

(Tiqqun. “Primeros materiales para una Teoría de la Jovencita. Hombres máquina: modo de empleo”)

Vivimos en un modelo social tan exclusivo como excluyente. La característica fundamental de esa exclusividad, es la exclusión. Por una parte nos hace creer que somos seres “privilegiados” en un maravilloso universo único, y por otra, que no nos hemos “esforzado” lo suficiente como para acceder a “él” y hemos quedado “excluidxs” del premio del “privilegio”.

Como seres sensibles, sufrimos y padecemos desconociendo el origen de cada uno de nuestros malestares y opresiones. Para contrarrestar esta “revolución” a través de los cuerpos, y evitar que “algo pase, desde el conjunto de relaciones que define al poder y que nos involucran física y emocionalmente, se inventan la “normalidad” para adaptarnos e intentar incorporarnos a ese mundo de “lxs elegidxs”, lo que produce que vivamos con mayor dolor cada uno de nuestros fracasos porque intentamos, ingenua e inconscientemente, aceptar la artificialidad de un mundo que nos enferma en lo más íntimo.

En nuestra cotidianidad nos han arrancado de la naturaleza que daba un sentido único y profundo a nuestra existencia. Han arrasado la cosecha de los impulsos de nuestros deseos, han echado sal sobre la fértil tierra de nuestros sentimientos, han secado los ríos de nuestras pasiones, han marchitado las flores de la ilusión y han plantado su artificial semilla de las falsas necesidades, llenando la vida de aridez, mercancías muertas y azucarados alimentos transgénicos que sólo se pueden reproducir en su tierra yerma y en sus plantaciones de desafectos.

Frente al simulacro de vida que nos han organizado, la esencia de lo más preciado e íntimo que aún late dentro nuestro, somatiza y se revela manifestándose a través del cuerpo de manera asintomática, produciendo “falsas” enfermedades.

El modelo social y económico, frente a la ofensiva del ataque de los cuerpos, responde con la ciencia de “falsos” médicos, los psiquiatras, que disciplinarán las manifestaciones físicas y psicológicas de nuestros desgarros, anulando esas emociones que nos activan frente al pánico y el sufrimiento, y permitiendo que, las que nos bloquean, sigan produciendo el veneno de su silencioso dolor muy dentro nuestro.

Las fibras sensibles que repueblan y vibran en los poros del cuerpo, son el campo de una batalla cuyo objetivo principal, es acabar con la naturaleza que aflora en cada uno de nuestros deseos y sentimientos. La “tiranía del buen funcionamiento”, nos convierte en extrañxs a nuestros propios cuerpos. La esencia de nuestra intimidad se resiste a la “ortopedia social” de todas las instituciones y sus profesionales, que pretenden amoldar y sujetar la disidencia de nuestras clandestinas voluntades rebeldes, y atenuar la expresión de nuestros deseos a través de la creación de una paliativa identidad patologizante, que nos transforme en entidades insanas, “enfermas” y dependientes.

La sensación de control del cuerpo a través de esa falsa ciencia médica y el aparente dominio que ofrece sobre la vida y la muerte, hace necesario que ese control se extienda a los sentimientos. Las emociones pueden condicionarse por estímulos de falsas necesidades que nos mantienen apegadas al simulacro de esta vida letal.

Para deshacernos de la contención del consumo mecánico y compulsivo, jaula de oro de mercancías efímeras, nuestro calmante es la resistencia que mina la base de la estructura de personalidad patriarcal y capitalista de este sistema, y que deja sus cimientos con la porosidad de una esponja, inútil para sustentar las tribunas de sus asientos del parlamento.

Necesitamos del encuentro de conciencias rebeldes y atormentadas por el descontento. La palabra es el vehículo de liberación de ese primer espacio, que es el hablar, desde el que construir y proyectar la política de acción.

Nuestros poemas incendiarios, les reventarán en las entrañas. Es hora de cantar, de aullar ante la luna llena. Es la noche de bailar alrededor de la hoguera en la que arden todos nuestros males, que son ellos.

Frente a su cordura de atar, nuestra locura de amar.

Palabra, acción y convicción.

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